domingo, 15 de enero de 2017

Mi gata

Mi gata es preciosa, muy cariñosa y muy inteligente. Se llama Clara y es de raza Himalaya, ¿cómo es? : tiene el pelo blanco como la leche, muy largo y suave; cuando la acaricio retuerce su espalda y alza su rabo tieso hacia el techo, mientras ronronea. Cuando me siento a escribir se sube en el brazo de mi butaca y restriega su cabeza por mi costado ronroneando y maullando suave.

Me gusta escribir con solo mi bata puesta, sin nada debajo; la calor de la estufa (en invierno) bajo el escritorio hace que mi sexo se abra y se humedezca, al calor de la estufa pequeña y de los recuerdos, los cuales rememoro al escribir y, ¡porque no decirlo!, a veces cuando releo lo que estoy escribiendo paseo una mano por mi raja húmeda, como si fueran los personajes de mis vivencias quienes tocaran mi sensibilidad.

Mi gata Blanca (blanca de color y de nombre) está sanísima, nunca sale a la calle, siempre está conmigo en el piso, o con mi vecina. En el veterinario le dan todo lo que necesita, y arreglan su pelo una vez al mes.
El otro día estaba escribiendo todo lo sucedido con mi madura vecina, para crear un relato, y al recordar lo vivido me excité intensamente; y justo cuando más excitada estaba, pasó mi gata bajo la butaca, y ronroneó oliendo mi sexo empapado. Puso el rabo tieso al pasar rozándose contra mis piernas, y su cola paluda rozó mi raja afeitada y húmeda, "mis labios menores sintieron (abiertos como estaban), sus pelos de gata pegándose a mi coño al pasar", tan caliente estaba yo en ese momento escribiendo, que solo deseaba, ¡que volviera a pasar!

Mi coño nunca había estado en contacto con mi gata Clara, pero esa noche soñé que se situaba debajo de mi escritorio y movía su grande y peluda cola en el aire, paseándola mucho rato por mi raja. En ese sueño me corrí sobre mi butaca, mientras Clara maullaba.

Hoy después de trabajar me he duchado y he contestado Gmail de lectoras y lectores, y me he excitado con lo que me escribían. Pero mi gata no ha vuelto a pasar el rabo por mi coño, ¡que cabreo!, le he llenado el cuenco de leche (todas las tardes lo hago); pero hoy, cuando he llenado su cuenco me he quedado en cuclillas viéndola lamer la leche con su áspera lengua; con ese continuo sonido húmedo de su lengua sobre el recipiente. En ese momento he recordado a mis amantes bajo mis piernas, y mi chocho se ha puesto chorreando solo de verla dar lengüetazos al tazón. Mientras la observaba aún tenía yo el cartón de
leche en mi mano, y descuidada por la excitación se me ha derramado la leche sobre la bata y sobre mis muslos, desde los que ha resbalado hasta mi raja, ¡enfriando mi calor!

Cuando mi gata Clara se ha bebido todo el tazón de leche, ha dado vueltas en torno a mí, moviendo su cola y restregando su lomo peludo contra mis muslos desnudos, como pidiendo más. En cuclillas como estaba, no sabía si darle más; mis pensamientos lascivos y posesivos respecto a mi gata me tenían atontada. Mi gata, viendo que no le daba más, ha comenzado a lamer la blanca leche derramada sobre mis muslos, acercándose a mis carnes rajadas, ¡me temblaba las piernas!, al sentir su lengua acercarse a mi coño; y le he dicho:

—Lámeme Clara, ¡lámemelo!, mi minina, como me haces de bien, sigue buscando tu leche gatita linda.

Como si entendiera mis palabras, ha comenzado a lamer mi sexo, absorbiendo toda la leche derramada, ¡desde mi ano!, ¡hasta el cepillito de pelos claros que tengo en el pubis!, paseando su áspera lengua por mi raja, arrastrando mis rosados labios menores pegados a sus asperezas, "con lametones muy seguidos" (como la lengua de los gatos suele hacer). Cuando ha "apurado mi chocho", ha buscado los restos de leche junto a mi ano, lamiendo la piel
tirante que rodea el agujero de mi culo, ¡me muero de gusto!, después de apurar mi trasero, y al no encontrar más leche que lamer; me ha dejado allí en el suelo, y se ha marchado a su cama, como si, ¡yo!, fuera su puta y ella una dama.

 Dispuesta a darle solución a su desdén, me he levantado, he ido a la nevera; he cogido la lata abierta de leche condensada; yéndome al baño con el envase. Frente al espejo del baño me he quitado la bata, me he atado una coleta en mi melena rubia y me he mirado al espejo sabiendo lo que iba a hacer.
Llamando a mi gata, la he cogido en brazos, he derramado unas gotas de leche condensada en el fondo de la bañera y he metido dentro a Clara, dejándola lamiendo el fondo; luego me he metido yo y he cerrado la corredera de la mampara, quedando las dos encerradas en la bañera.
Me he sentado frente a mi gata, he abierto mis piernas, apoyando un muslo contra el filo de la bañera y el otro contra el puntiagudo grifo de diseño dorado. Después, y alzando una mano en el aire, he derramado un hilo de leche condensada sobre mi vientre; sobre mi coño, y sobre mis firmes y claros muslos de vinisteis años en flor, ¡mi flor!, mi gata ha comenzado a lamer la flor de mi raja con hambre, introduciendo su áspera lengua "ladeada ",
para recoger los restos de leche espesa, ¡del interior de mi vagina!, me he corrido un poquito; ella sin inmutarse a seguido "su labor". Mis labios menores, distendidos, y lijados por su lengua, colgaban hinchados y rojos como la cresta de un pollo vuelto del revés, ¡coño!, me he corrido otra vez.

Después, "audaz", ha relamido mi ojete estirado, el cual se ha dilatado, permitiendo que esa lengua de gata entrara varios centímetros en mi ano, buscando restos de leche. Su lengua, hurgando en mi ojete, ha hecho que me corra sintiendo contracciones, las cuales apretaban los músculos de mi vagina y de mis piernas.

Ya no puedo más, y he pensado: me he corrido tres veces; me tiemblan las piernas y no si ha estado bien, ¡pero como me ha gustado!, tanto que no se si repetiré.

He sacado a Clara de la bañera, he puesto comida blanda de gatos en su comedero (estará una semana sin leche), y he vuelto a la bañera, donde me he dado una larga ducha caliente. Mientras me duchaba, al agacharme a coger la esponja, los cachetes de mi culo han tropezado con el puntiagudo grifo dorado, mono mando, y he sentido unas ganas tremendas de metérmelo; y sin pensármelo dos veces, he cogido el bote de crema para el cuerpo del borde de la bañera, y me he frotado el coño de crema, y agachando mi cabeza hacia adelante, "y con el culo en
pompa", ¡he apretado mi coño contra el grifo!, ¡penetrándome con él!, con mucho cuidado me he movido adelante y atrás, sintiendo el metal templado atravesando mi tierna raja, ¡coño que placer!, luego he abierto un poco el grifo, en la posición templada y el chorro intermedio; sintiendo como el agua burbujeaba en mi interior, que placer más grande. Mientras lo hacía no he dejado de pensar en ningún momento, que mi gata Blanca me lo ha comido mejor que algunas mujeres y algunos hombres lo han hecho en algunas ocasiones.
                                                               —Fin—
                                                   © Isabel Nielibra 2017

viernes, 13 de enero de 2017

Mi vecina Teresa me lo besa








Después terminar el contrato de prácticas, me han subido el sueldo, y he alquilado un piso para mi sola. Ahora que soy una profesional estoy evitando hacer locuras. En mi apartamento me siento pletórica, he decorado todo al detalle, y me siento genial escuchando música desparramada en el sofá. Las plantas son ahora mi afición, mi balcón, ¡qué balcón!, lo tengo como una selva, y me encanta cuidar mis macetas. Mi vecina Teresa tiene su balcón junto al mío, separándolos solo un cristal opaco; cuando me siento en mi mecedora escucho las conversaciones que tiene con su marido y con sus hijos (sus hijos tendrán veintitantos años como yo), Teresa es una madraza de unos cincuenta años que no ha perdido la figura; y por cómo habla con su marido y sus hijos, se ve que es la que dirige el hogar.
 

El otro día, después de ducharme y depilarme las piernas y el potorro, vino Teresa a tomar algo conmigo (son encantadores desde que llegué, sobre todo Teresa), nos sentamos en el balcón a tomar una cerveza y unos pistachos. Estando relajadas me habló desahogándose.
 

—Sabes Isabel, me da envidia sana ver lo a gusto que estás sola aquí en tu piso, sin gente a tu cargo, ¿sabes?; entre mi marido y mis hijos, a veces me siento la criada de los tres.
 

—Teresa la envidia nunca es sana, demuestra que algo te falta, ¿es libertad?, ¿o solo más tiempo para ti?
 

—Bueno, visto así Isabel, pues si algo hay, te cuento: tienes la mitad de años que yo, y tu independencia me hace recordar mi juventud; en esa época no disfruté mucho de mi libertad, me até pronto, ¡además!; te voy a hacer una confidencia Isabel, pero que sea nuestro secreto. "Con tu edad dudé entre casarme o liarme con mi mejor amiga", que era lesbiana y un encanto de chica. Yo sabía en aquel tiempo que ella me quería, pero la ignoré; "tú me recuerdas mucho a ella", también era una joven rubia y guapa como tú 

—su forma de hablarme me agradó, la vi abierta a mí con sinceridad y me sinceré yo también.
 

— ¡Sabes!, Teresa, yo también soy lesbiana, y un poquito bisexual, aunque a veces lo que soy es una atrevida muy cambiante, y juego a dos bandas a la vez —Teresa se Sorprendió.
 

—No lo hubiera pensado Isabel, te vi hace unos días paseando con un chico muy guapo cogida de la mano, y pensé que había noviazgo.
 

Es mi anterior novio, que está triste porque lo dejé, y lo consolaba, pero no le doy esperanzas, ¡harta me tiene!, además de ser aburrido, me gusta más su hermana pelirroja que él, y es que estoy en un periodo lésbico total, y los hombres están "aparcados", pero me da pena y por eso dejo que me visite.
 

Teresa me habló de sus deseos en la juventud, cuando dudaba de su sexualidad, sintiéndose culpable por desear a mujeres, en un tiempo menos liberal. Me contó que cuando veía a su mejor amiga le cambiaba el semblante y se le aceleraba el corazón, pero nunca se lo confesó a ella, y después de echarse novio se alejaron las dos.
 

Hablando, hablando, nos tomamos tres cervezas, y nos pusimos piripi las dos, su marido y sus hijos estaban con la abuela, y no volverían hasta la noche.
 

—Teresa, ahora de casada, ¿sigues deseando a mujeres?, después los años.
 

—Todos los días Isabel, pero soy fiel y no me he atrevido nunca a probar que se siente haciéndolo con otra mujer, por ejemplo, si una mujer guapa se me acerca en el súper, ¡me tiembla la piel!, en los videos del wasap, yo miro las pollas, pero sobre todo los coños Isabel, y me imagino a mi misma besando los bellos chochos de esas jóvenes.
 

— ¿Jóvenes como yo Teresa?
 

—Sí, jóvenes y guapas como tu Isabel, que vergüenza decírtelo, ¡la cerveza!
 

No seguí la conversación; me abrí la bata de raso, subí los pies hasta el filo de la mecedora, y le mostré mi prenda interior (un bodi blanco de una sola pieza de tela, desde los hombros hasta mi
chocho, con abertura vaginal de corchetes), cuando me miraba en silencio y muy colorada, le guiñé un ojo y me desabroché los cuatro corchetes de mi bodi, "despacio", "uno a uno"; después dejé caer la lengüeta de tela inferior sobre el asiento de la mecedora, y la parte superior la doblé hacia arriba, hacia mi vientre, mostrándole mi generoso chocho desnudo, duchado y afeitado esa misma tarde. Mi coño es bello, mis labios externos son gordos y alargados, en mi pubis luce un bigotito de vello castaño claro muy cortito; y entre las cervezas que nos habíamos tomado y la conversación, mis labios internos se desplegaron como las aletas de un caracol, ¡muy brillantes! El color rosado de mis labios húmedos solo lo veía Teresa, ya que el balcón da al exterior con un muro bajito (no con baranda como otros balcones). Ese muro bajito me tapaba, sentada como estaba, hasta el cuello. Desde que me instalé en mi piso he salido varias veces al balcón, me he bajado las bragas y me he quitado la falda dejándome solo la camiseta, con mi bollo al aire, masturbándome con el bebedero de plástico blando del canario, relleno de leche calentita, taponado la abertura del recipiente con un corte de patata, para que no se saliera la leche; mientras al mismo tiempo saludaba a las vecinas de enfrente.
 

—Teresa, ¿quieres besármelo?, no se enterara nadie.
 

—No se Isabel, me da mucha vergüenza, además, tienes un coño tan bello y tan joven que verlo desnudo, saliendo del bodi tan cerca de mí me ha puesto muy nerviosa.
 

—Teresa, me encantaría que me lo besaras, y que cumplieras tu deseo; "yo cierro los ojos para que no te de vergüenza".
 

Cerré los ojos poniendo mis manos sobre ellos, y abriendo a la vez mis muslos hacia los lados, esperándola con una postura obscena y casi vulgar. Estuve más de dos minutos esperando, y cuando ya no esperaba que se decidiera a besármelo, "sentí su boca besar mi coño", sus labios pintados de rojo estaban ardiendo; quité mis manos de los ojos y acaricié su peinado algo rizado de peluquería, uffffff, "apreté su cabeza hacia mí coño, y mi bollo se aplastó contra ella, haciendo ventosa en su cara desde el mentón hasta su nariz (su nariz soltaba aire caliente al respirar contra mi clítoris, haciéndolo engordar); liberé su cabeza para que pudiera respirar, y suavemente me introdujo su lengua en mi raja rosada, despacio, torciéndola al entrar; mientras su lengua entraba en mi vagina mis labios internos crecían carnosos, brillantes y rosados; apoyándose en su lengua como si la vistieran con una segunda piel.
 

Después de un rato paseando su lengua entre mis labios menores me corrí, con tres chorritos que le regaron la boca y el cuello, ¡se animó!, y absorbió todos mis líquidos derramados, ¡tragándolos como un manjar!, después hizo círculos en el ojete de mi culo con
la lengua, ¡que placer! La detuve cuando mi culo, del gusto que yo sentía, daba espasmos como un corazón. Me abroché la bata, ella se puso de pie y entramos en el interior.
 

Cerré las cortinas y la desnudé, me quité yo también la bata y el bodi y dejé a su vista mi sensual cuerpo clarito y mi melena rubia natural cayendo sobre mis pechos. La puse sobre mi cama con su culo maduro en pompa, saqué de un cajón un huevo vibrador anal, y untándolo con vaselina se lo introduje en el ano hasta que solo quedó fuera el hilo de guía, ella dijo.
 

— ¿Que me haces en el culo Isabel?
 

—Nada Teresa, solo juego con él.
 

Le di la vuelta boca arriba y le abrí las piernas, su coño distendido por la edad me pareció bello, sus labios colganderos los absorbí como racimo de uvas, Teresa gritó de placer y se corrió soltando solo un poco de "caldo calentito", el cual me bebí (su corrida sabia más fuerte que la de otras mujeres más jóvenes de las que había bebido su esencia, "pero me gustó", fue como un trago de licor fuerte. En ese momento accioné el mando a distancia del huevo anal que le había metido en el culo a Teresa, y su culo comenzó a vibrar como una motocicleta. Mientras su culo vibraba, me subí encima de su cara y le dije.
 

—Teresa, ¡bésamelo otra vez!
 

Me dio un beso sonoro y después me mordió el bollo dando tirones con sus dientes a mis gordos labios externos, haciéndome gritar de dolor y placer, ¡coño!, me corrí otra vez, pero más intensamente; y como estaba subida encima de su cara mi líquido íntimo, ¡le llegó hasta las orejas!
Cada día después de volver de mi trabajo, llamo a Teresa desde el balcón y ella viene y me besa el coño, y me lo come, ¡todos los días sin excepción!
El otro día fuimos de tiendas las dos, y entramos juntas en el probador de una conocida marca de ropa. Teresa se puso de rodillas en el probador, me bajo las bragas y me besuqueó y me chupo el chocho mientras yo me probaba tres blusas, situándose para hacerlo alejada de la cortina. Sentir la lengua de la señora Teresa jugando con mi sexo, mientras se escuchaba el ajetreo de la tienda, ¡me puso chorreando! Ayer después de besarme y comerme el chocho volvió a su casa con el huevo vibrador metido en el culo, y de balcón a balcón yo lo accioné en la posición tortuga varias veces, mientras Teresa veía una película con su marido.
 

Después de besarme y comerme el coño bastantes veces, ayer cuando le volví a meter el huevo en el culo, antes de irse a su casa, me confesó que su marido no le hace el amor desde hace mucho tiempo, que la tiene como una pasa, que la edad lo ha "tumbado".
Hoy le he dado una sorpresa a mi vecina Teresa, esta mañana compré un pene de látex con un arnés, y lleve a Teresa al campo en mi nuevo coche. Junto a un río caudaloso, y bajo los frondosos árboles la he puesto en pompa, y poniéndome el arnés la he follado como si el pene de látex fuera mío, pero sintiendo yo solamente la satisfacción de follar su coño y verla gemir. Al final Teresa alargó una mano hacia atrás y hurgó en mi vagina mientras me la follaba con la prótesis; se corrió gritando junto al río, un caballo a lo lejos relinchó al oír su fuerte grito de placer y desahogo. Después me corrí ayudada por sus dedos, saqué el pene de goma de Teresa y los restos de mi orgasmo resbalaron por el pene de látex hasta la punta del invento, pareciendo que me corría por dentro del artificio.
 

                                                  —Fin—
                                            © Isabel Nielibra

sábado, 7 de enero de 2017

Sin bragas por la calle




Después de cortar con Borja decidí ser más libre y más abierta que nunca, abierta a sentir en su totalidad mi cuerpo, y a sentir nuevas experiencias, pero sobre todo a ser feliz con mi sexualidad. 

Para empezar volví a acostarme con mi compañera de piso Laura, varias veces, cada vez que venía el novio de su compañera de habitación y tenía que volver a dormir con ella; y sin sentir ningún remordimiento porque ella tuviera novio y la hiciera dudar sobre lo que le gustaba más, si las chicas o los chicos.

Una mañana me puse mi cortita minifalda vaquera, y justo antes de salir pensé en cambiarme de bragas, en el último momento, porque esas eran de licra muy ajustadas y me tiraban de los labios pequeños. Me bajé las bragas sin quitarme la falda, sacándolas por los pies, y fui a mi habitación a por otras más cómodas; ¡pero andando por el piso me di cuenta que ya me sentía cómoda!, —sentir el frescor del aire de la mañana en mi coño me hizo sentirme viva y excitada—  y pensé; ¿porque no salgo sin bragas? Nunca antes lo había hecho, pero siempre lo deseé, y con esa faldita tan súper corta y mi melena rubia por la espalda "sería una bomba para las miradas de deseo", ¡y eso hice!

Con mi falda vaquera y sin bragas cogí el ascensor, y bajando en este me miré en el espejo interior. Levanté la prenda vaquera y me gustó ver mi coño afeitado y clarito reflejado en él espejo, y también me gustó sentirme observada por la mini cámara de seguridad del techo, a la cual le dediqué un roce de mi dedo, tocando mi chocho con la uña pintada de esmalte negro, "paseándolo por mi raja de abajo arriba" y poniendo después la falda en su sitio, y haciendo como si no supiera que había cámara. Cuando salí del ascensor el portero me saludó desde su cabinita de madera, situado junto a las pantallas de seguridad (su rostro estaba rojo como un tomate y su mirada era la de un zorro impresionado). Al salir a la calle llamé a un taxi, al subir en el comencé a ser mala, ¿cómo?, pues me senté en el centro del asiento trasero, con las piernas abiertas, juntándolas cada vez que el taxista volvía la cabeza en un semáforo dándome conversación, para poder verme mi clarita raja húmeda; dejándolo que me viera el coño "solo un momento", jajaj, "estaba ardiendo el hombre, era un cincuentón, ¡ni me cobro la carrera siquiera!, y me dio las gracias confundido y excitado, viéndole yo un bulto en el pantalón —los de cincuenta también se empalman— pero necesitan belleza enfrente,  y yo soy muy guapa.

Bajé del taxi dos calles antes de llegar a mi trabajo y caminé un rato; sintiendo el fresco de la mañana acariciar mis piernas al andar; ese frescor también tensaba la suave piel desnuda de mi coño afeitado. Me gustó sentir como bajo la falda vaquera los labios mayores de mi sexo se rozaban entre si al caminar, sin bragas que impidieran el movimiento natural de mi suave y abultada grieta carnal. Era como si el frío de la mañana entrara en mi raja penetrándome, "calentándome al sentirlo entrar en mi", y dándome frío a la vez. Los altos tacones de mis botines intensificaran esa sensación, por el movimiento continuo y más marcado de mis caderas, las cuales se movían al ritmo de mi calzado.

Después de caminar un rato en dirección a mi trabajo, vi una cafetería que estaba una calle antes de donde desayuno habitualmente. Era una cafetería donde no había entrado antes, y casi seguro que no conocería a nadie, por eso  la elegí, para sentir y experimentar allí mis ansias de mostrarme a gente desconocida, como una exhibicionista caliente, que ansiaba que miraran su desnudez íntima y la desearan, ¡eso sí!, quería que no pareciera acaso hecho.

Me senté a desayunar en una mesita de la cafetería, me alisé mi melena rubia y separé mis muslos, apuntando mis piernas abiertas bajo la corta minifalda a una mesa donde había dos chicas y un joven. El joven miró mi chocho (embelesado) desde tres metros de distancia, y después de recrearse unos minutos con "mi piel rajada" cuchicheó con las dos chicas que estaban con él. Una de ellas muy bajita pero muy guapa comenzó a mirarme con la boquita abierta y sin disimulo, "yo hacía como que no me daba cuenta de que se me veía el coño". La joven bajita y morena tendría mi misma edad más o menos, veintiséis años,  la vi acercarse a mí y preguntarme.

—Hola, ¿me puedo sentar un momento aquí contigo?  —dijo sonrojada, y le dije que sí.
Sentada junto a mí me dijo que se me veía el bollo desde enfrente, sin bragas, por si no me había dado cuenta que la ausencia de bragas dejaba ver mi "puerta interior"; también me dijo que yo era una rubia preciosa; yo le contesté.

—Gracias simpática, tú también eres muy mona, no sabía que se me había visto la rajita, gracias; yo me llamo Isabel.

—Yo Teresa y daría lo que fuera por saborear tu coño carnoso y clarito, guapetona, y perdona si te molesta mi sinceridad, pero me has puesto el coño empapado guapa —dijo decidida y excitada.
No me molestaba, al contrario, me gustaba esa morenita bajita con brillo en la mirada. Le dije que me hacía mucha ilusión que me comiera el chocho, y además quería que fuera, ¡ya!, que ese día estaba yo lanzada.

Salimos de la cafetería las dos, Teresa pidió a sus amigos que la esperaran allí, que tardaríamos poco rato, que íbamos a hacer un recado cerca. Bajamos la calle y entramos en un portal que estaba abierto (nadie entraba ni salía de él, se veía desierto), y en el hueco de la escalera, tras un macetón de plantas, Teresa clavó las rodillas en las losetas del suelo y metió la cabeza bajo mi falda, y comenzó a chupar mi coño dándome unos sorbetones muy intensos, ¡como chupaba la morenita!, tanto me gustó que me oriné de gusto en su cara y en su ropa, con un chorro grande de pis; ella miro para arriba a mi rostro y me dijo.

—Rubia me has puesto perdida de meados, que guarrilla eres; pero, ¡cómo me ha excitado Isabel!
Tanto la excitó que me orinara encima de ella que empezó a morderme el bollo, dándome tironcitos con los dientes. Después comenzó a meterme dos dedos de una mano en el chocho y el dedo gordo de la otra mano en el ojete del culo, y los movió "como si me acuchillara con ellos", hasta que de un chasquido intenso me corrí en su mano y en su muñeca, manchando su pulsera de coral rojo. Luego me comió el coño un rato, como si ella fuera un perrito que lame el agua de su plato. Al acabar salimos las dos del portal, ella lucía su vestido manchado con mi pis, "eso me gustó", ¡la había marcado a ella como mi territorio!

Desde la cafetería, y junto con sus amigos, fuimos a su piso a que Teresa se cambiara de ropa. Mientras ella se duchaba me lavé el chocho en el bidé; y cuando yo me lavaba, su amigo sin preguntar abrió la puerta y se puso a hacer pis en el váter que había junto a mí, ¡sin importarle que me estuviera lavando el bollo en el bidé!, ¡casi empalmado! (picha no muy grande pero muy gorda). En ese momento estaba muy excitada por lo de Teresa, y me dieron ganas de volver la cabeza y, ¡comerle la polla!, desde mi posición, sentada con su pene a dos cuartas de mí, a la altura de mi boca; pero solo volví la cabeza hacia él y desde abajo lo miré a los ojos. Sin pedirme permiso, me acercó el pene a una cuarta de la boca, y me dijo.

—Rubia, que zorra eres, como has meado a Teresa y que buena estas, me has puesto a cien, anda, chúpamela, ¡puta!

¡Que decir!, puta, lo que se dice puta, no lo era (no cobraba) pero caliente como una perra en celo sí que estaba, desde que salí con mi coño al aire y sin bragas esa mañana. No me sentí ofendida porque deseaba que me humillara sexualmente, y no le dije nada, solo agarré su gran bolsa escrotal sosteniendo sus huevos en mi mano, y tirando de ellos con mis uñas pintadas de negro, acercándolo a mí; hasta que su polla choco con mis labios pintados de rojo, bese su miembro, "olía a polla sudada", pero no me importó, —eso que soy exigente en la limpieza—, pero las ganas en ese momento eran muy grandes, y en lugar de darme asco la chupé entera, engordando esa polla del todo en mi boca. Agarró después mi cabeza con las dos manos, y me dilató la boca con su miembro, ¡dando embestidas como un bárbaro!; luego se paró en seco con la polla dentro de mi boca (sentía su calor llenando mi oquedad), ¡y se corrió de golpe! Noté toda mi boca pegajosa, ¡que semen más espeso!, me lo tragué todo como un manjar y mordí su polla un poco, como señal de satisfacción.

Besé a Teresa y nos dimos los teléfonos, también besé al que se corrió en mi boca, y me despedí de la otra chica sentada en el sofá, que estaba como enfadada, me ajusté la falda a la cintura con mi chocho recién lavado y diciéndoles adiós me marché.

En el trabajo, sentada en mi pequeño escritorio me sentía la mujer más feliz del mundo, por haber dado rienda suelta a mis sentidos. Medité sobre si había estado bien o no dejar un novio guapo como Borja por ser aburrido, y dedicarme a tener fantasías con gente nueva, dando rienda suelta a mis deseos, y me dije que sí, ¡qué coño!, ¡que esto son dos días!, y voy a vivirlos a tope,
                                                        
                                                         —Fin—
                                             © Isabel Nielibra 2017


domingo, 11 de diciembre de 2016

Tomé a la hermana de mi novio



Sentirme lesbiana siempre ha sido mi secreto, viviéndolo como un sentimiento más que como una condición.

Mi novio Borja es un encanto de hombre y tiene mi misma edad, "veintiséis años". Cuando lo llevo a mi piso, me gusta que Laura nos oiga hacer el amor "y se remueva", porque sueño con comer su chocho otra vez, como hace tres meses, cuando hicimos el amor; "aunque según ella no nos gustan las chicas, "que solo nos calentamos esa noche".

Borja me invitó a pasar el fin de semana, en la casa de sus padres en la montaña, allí conocí a su hermana Alicia, ¡que es preciosa! Ella tiene treinta y cinco años, es una pelirroja muy guapa, aunque es muy tímida e intenta disimular su belleza; Alicia tiene unos ojos verdes preciosos.
Los padres de Borja son muy antiguos y no conciben el coito fuera del matrimonio, de camino a su casa Borja me dijo que no dormiríamos juntos. Al llegar me presentó formalmente a toda su familia, su madre, que se llama Matilde me habló.

—Cuanto me alegra que pases estos días con nosotros, Isabel

—Es usted muy amable Matilde, muchas gracias.

—De nada Isabel, durante tu estancia, querida, dormirás en la habitación de Alicia que está encantada de que la acompañes.

—Gracias señora, así Alicia y yo nos conocemos —dije.

— ¡Que dulce eres Isabel, gracias!, —contestó Matilde.

Borja me acompañó a la habitación de Alicia llevando mi maleta, y por el camino, y ya solos, me dio las gracias por ser tan comprensiva, y le respondí.

—Borja, no me las des, yo vengo a disfrutar de la naturaleza contigo, del sexo ya habrá tiempo; ¡además!, "estos paisajes son perfectos para mi afición a la fotografía", aquí haré muy buenas fotos, algunas me servirán para mi próxima exposición.

—Gracias mi rubita, veras como Alicia te cae muy bien.

—Seguro que si Borja.

Borja me dejó en la puerta de la habitación de Alicia y se marchó, entré y la vi a ella poniendo las sábanas limpias a las dos camas.

— ¿Que cama prefieres Isabel? —me preguntó.

— ¿Cuál es la tuya Alicia?

—Esta, pero me da lo mismo una que otra Isabel.

—Pues para mí la otra, no te voy a quitar la cama mujer.

Ella se duchó en el baño de la habitación, mientras yo deshacía las maletas. Salió en ropa interior, con una bata echada sobre los hombros, entonces me desnudé completamente delante de ella mientras hablábamos, mostrando mi cuerpo con naturalidad y descaro; luego entré al baño a darme una ducha también; que gustó mucho relajarme después del viaje con el agua caliente. Al terminar me sequé y salí desnuda otra vez, y me encontré a Alicia sentada en la cama, ya vestida para cenar, "preciosa"; Alicia juntó mucho las rodillas, "como fatigosa" al verme salir desnuda de la ducha, y me preguntó.

—Isabel, ¿Quieres que salga o que me gire mientras te vistes?

—Ni hablar Alicia, ¡quédate!, "y no me des la espalda", ¡que somos dos mujeres!, ¿tú no te desnudas con tus amigas?

—No, nos da corte Isabel, somos todas muy tímidas.

Entonces ella se quedó mirando mi cuerpo desnudo muy fijamente, y hablándome sin parar, "no dejó de hablarme ni un momento", muy rápido y visiblemente nerviosa, mientras yo deshacía mi maleta antes de ponerme ninguna prenda de vestir, "ni bragas siquiera", abriendo mis piernas al agacharme para sacar las cosas, mostrándole mi vagina rosada y abierta como una flor, también zarandeé mis pechos en el aire ante sus ojos, mientras ordenaba mi ropa sobre la cama. Al ver como sus ojos me devoraban, noté ponerse duros mis pezones, "tan duros como gomas de borrar". Su mirada me dijo cosas que su boca no, estaba claro que me deseaba, que su cuerpo se había revolucionado por mí, ¡y eso me excitó mucho!, porque mi sueño siempre había sido estar con una pelirroja, pero nunca antes surgió la ocasión; desde ese momento Borja quedó en un segundo plano, ¡Alicia tenía que ser mía!

Bajamos juntas a cenar, yo me había puesto una blusa blanca y una minifalda azul marino muy corta, "tan corta que estaba más cerca de mi chocho que de mis rodillas". En el comedor se sentó a mi lado Borja, y enfrente su hermana Alicia, que llevaba un vestido de fiesta súper elegante, flanqueada por sus padres. Durante la cena Alicia me miraba nerviosa con esos ojazos verdes adornados de rímel; después de los cumplidos que me dedicó su padre, hablando sobre mi belleza nórdica, le pregunté a Alicia.

—Alicia, ¿tienes novio?

—No tengo Isabel, tuve novio dos años, pero rompimos.

Mientras ella me explicaba lo triste que fue la ruptura con su novio, haciéndome ojitos, yo estiré una pierna bajo la mesa, "oculta por las enagüillas"; y le metí el pie entre los muslos a Alicia, ¡ella abrió mucho los ojos y tartamudeó!, dejando de hablar; me miró en silencio y sus mejillas se pusieron rojas como un tomate. Con la uña del dedo gordo de mi pie derecho "enganché sus bragas", y las aparté a un lado, rozando su coño con mi dedo gordo, el cual lucía la uña pintada con esmalte negro, apreté los músculos de mi pierna y "de arriba abajo" paseé mi dedo obsceno entre sus labios menores, ¡sin medias ni bragas!, ¡a pelo! Mi dedo se empapó de ella, lo restregué por su raja unos minutos muy despacio, mientras todos comíamos y hablábamos, "bueno Alicia comía poco"; le saqué el pie y lo enfundé en mi zapato de tacón, "que me entró perfectamente", untado como estaba con la humedad de ella. Le guiñé un ojo y ella entornó los suyos, mirándome entre excitada y confusa (por su mirada supe que se había corrido sobre la silla de terciopelo rojo).

—Hija qué te pasa —preguntó su madre.

—Nada mama, solo un sofoco, será de la chimenea.

Leonardo, no eches más trocos hoy al fuego —le dijo su madre a su padre.
Al terminar de cenar me despedí de Borja y acompañé a Alicia a nuestro dormitorio (ya era hora de dormir), al entrar, ella cerró la puerta y me habló.

—Isabel, ¡te podían haber pillado!, ¡que atrevida eres chica!; y, ¿cómo has sabido que me gustas?, ¿o que me gustan las mujeres?, cuando, ¡me has metido el pie en mi bollo!

—Alicia, por cómo me miraste antes, cuando salí desnuda del baño, supe que me deseabas.

—Eres una rubia muy bella.

—No fue admiración a mi belleza lo que vi en ti, fue deseo, entonces te quise dar placer en el comedor para romper tabúes, con un juego de riesgo, como ha sido correrte con mi pie delante de tus anticuados padres, ¡un reto conseguido!; ¿Alicia te gustan más los hombres o las mujeres?, y otra cosa, ¿con cuantas mujeres has hecho el amor?, lo que me digas, si me lo quieres contar, claro está, será nuestro secreto, ¡palabra!

—Isabel, ¿sabes?, solo me gustan las mujeres, por eso dejé a mi novio, porque no lo deseaba; nunca he estado con ninguna mujer a solas haciendo sexo, solo me toco imaginando mujeres que conozco, pero mi timidez y falta de determinación me han impedido buscar amor; Isabel: ¿tú me has tocado porque te gustan las mujeres o por probar?

—Por probar Alicia y porque sé que me gustara contigo (ella no necesitaba saber nada mas), y aunque yo quiero a tu hermano Borja, ¡ahora!, ¡y aquí!, solo deseo darte placer y deshacer un poco de tu tiempo perdido, algo íntimo para las dos.

Alicia no dijo nada, solo dio un suspiro que sonó en toda la habitación, "como un gran peso que se quitara de encima", "como el suspiro que di yo mi primera vez con una mujer"; después se desabrochó el vestido y lo dejó caer al suelo, tras él cual se quitó el sujetador y lo posó en mis manos, lo mismo hizo con sus bragas negras y su ligero del mismo color; pero se dejó puestas las medias negras, que hacían juego con mi laca de uñas.

Me desnudé y me acerqué a ella mirándola con deseo, posé mis manos en su espalda y juntamos nuestros pechos desnudos, rozando los pezones; los pelos de su pelirrojo chocho arañaron la suave piel de mi depilado pubis, su calor y su aroma me embriagaron. Después rodeé su cabeza abrazando su nuca y acariciándola. Junté mis labios con los suyos muy despacio, sin
apartar la mirada ninguna de las dos, chupé sus labios y le clavé mi lengua en su boca, que se abrió para mí relajada. Mi lengua se acopló debajo de la de Alicia, succioné su lengua y la atrapé, mordiéndola con mis dientes, ¡con fuerza!, pero sin herirla.

La cogí de la mano y la llevé a su escritorio, y le pedí que se sentara en él con las piernas abiertas. Alicia se sentó y apoyó sus tobillos en el borde de madera. Cogí una silla y me senté mirando al escritorio, frente a sus piernas abiertas; con mi boca a la altura del pelirrojo vello de su chocho; acerqué mi cara a su sexo y respiré fuertemente junto a su raja, su deseado olor llegó a mis fosas nasales como un manjar; unnn, mordí su pubis llenando mi boca con sus pelos, y ella agarro mi melena rubia y se la restregó contra su bajo vientre (su vello púbico pelirrojo parecía fuego del que salía la llama rubia de mis cabellos).

Pasé mi lengua por su coño de abajo arriba, notando sus gordos labios mayores, al darle otra pasada con la lengua ya habían emergido sus labios menores, rosados, gordos, carnosos y brillantes, unnnn; los chupé con mimo, ¡muy despacio!, retorciéndolos dentro de mi boca, entonces Alicia me dijo.

— ¿Que me haces Isabel?, ¿no ves que se me va la cabeza?, ¡cuantos años perdidos Isabel!
Acto seguido se corrió en mi boca, en mi barbilla, en mis pechos desnudos; su fuente me regó, y choreó por su coño hasta el ojete de su culo, a la altura del tablero de la mesa; le metí mi lengua bajo su cuerpo como una cuchara carnal, absorbiendo toda su esencia derramada, laminado la mesa y el ojete de su culo a la vez. Después nos acostamos en su cama, y le dije.

—Alicia, ahora tú por favor, ¡cómeme el coño hasta que me corra de gusto!, por favor que estoy que ardo —Lo hizo muy bien.

Mordió mi culo prieto, señalando sus dientes en mis cachetes, como una improvisada mujer loba de esas montañas. ¡Qué placer más grande!, "me metió su lengua entera en el agujero del culo", para lo cual me lo abrió tirando de mis cachetes con sus manos, como si mis glúteos fueran las hojas de una ventana, y jugueteó en el interior, ¡coño con la tímida pelirroja!, (pensé). Después me chupó el coño, estampando sobre mi raja su cara, ¡muy apretada!, y sorbiendo y gimiendo con mi sabor. Luego dilató mi vagina con tres dedos, paro un poco, sacando de la mesita de noche un aparato con dos penes de látex enormes y unidos.

—Isabel, te presento a mi osito jajaj, me dijo mostrándome el aparato de doble pene.

Ni corta ni perezosa me zampó en el coño la punta de ese "robot de vagina", ella accionó el botón y mi chocho comenzó a vibrar, ¡temblándome hasta el vientre!, me sentí extraña pero me gustó, animada ella, lo achuchó más adentro, metiéndome entero uno de los dos extremos de aquel aparato, ¡enorme!, ¡no sé cómo me entró! Luego se puso frente a mí e intentó meterse el otro extremo, yo la detuve, me saqué su juguete del mismísimo y le dije.

—Déjame a mí meterte algo distinto Alicia.
Acerqué mi mano derecha a su dilatado coño y le metí dos dedos, moviéndolos como si ordeñara su coño, después le metí los cinco dedos a la vez, solo en la entrada de su ser, los retorcí y se estremeció, apreté mi mano y le metí todos los dedos "hasta los nudillos", su vagina era una empanada abierta; ¡nunca le había hecho eso a ninguna mujer!, y se lo hice a una novata, que para colmo me dijo.

—Méteme la mano Isabel, ¡ábreme! —me dijo, y sacó un tarro de vaselina de su mesita de noche entregándomelo.

—Que ganas de ti Alicia —le hablé, y ella abrió más las piernas y cerró los ojos esperándome.
Saqué mis cinco dedos que aún permanecían en su interior, los extendí y con la ayuda de la otra mano los impregne de vaselina; froté su sexo dejándolo brillante como un pollo para el horno. Volví a meterle mis cinco dedos ya impregnados de vaselina, los plegué entre sí como punta de lanza, encabezados por mis uñas pintadas de negro, cortadas y pulidas; apreté más y la mano entera se metió en su vagina, ¡yo estaba, muy, muy excitada!, ¡¡apreté más aún!!, y la mano se perdió en su interior, Alicia dio un gemido casi gutural y su chocho se cerró como planta carnívora sobre mi mano, atrapando mi brazo por la muñeca, a la altura de mi pulsera de plata; de la que algunos adornos quedaron en su interior y otros colgando en el exterior de Alicia; en ese momento ella era mi muñeca pelirroja, y yo su ventrílocua sexual.

Al día siguiente Borja y yo fuimos a hacer fotos por la naturaleza; me sentía mal, tenía remordimientos, "no me arrepentía de sacar a Alicia del armario", sino que me sentía mal por hacerlo a espaldas de un novio tan buena persona, ¡se lo tenía que compensar!
En lo alto de unas rocas le hice una mamada sin coito, fue la primera vez que me rebajé a chupársela a un hombre fuera de la cama, y lo hice con gusto proponiéndoselo así.

—Borja, quédate ahí de pie que te la voy a chupar.

— ¡Y eso Isabel!

—Es un deseo antiguo que te ha tocado a ti.

— ¡Gracias mi rubita!, que emoción.

Me puse de rodillas, abrí su bragueta y saqué su pene semi erecto, y lo chupé con energía chocando mi nariz con la cremallera entreabierta de sus vaqueros, ¡se le puso duro como un tronco!, mis labios sentían como su punta los abría mucho, hasta que se corrió en mi lengua," blanqueándola hasta la campanilla"; tragué su semen y después saqué sus distendidos huevos del pantalón, por la bragueta también, "chupándolos los dos a la vez", llenando mi boca con su bolsa escrotal, mientras su pene aún erecto se apoyaba en mi frente; él me dijo.

—Isabel, ¡que gusto más grande!, aquí en el campo correrme dentro de tu boca, me has hecho un hombre muy feliz mi rubita.

—Lo sé Borja, lo sé.

El resto del fin de semana fue un frenesí de sexo a dos bandas, y de secretos, sobre todo de secretos de los sentidos.
                                                              —Fin—
                                                       © Isabel Nielibra